ERAN LAS FIESTAS DE SAN JUAN, EN SAN FELIPE

No se sabe cuándo ni quién las inició, pero se dice que eran de las mejores en la región y se cree que las hacían desde los años 1920. Pero ya no existen. Hace años que desaparecieron como tales y con ellas se fue una tradición que muchos añoran...

Alguna vez en entrevista, Don Fidel Ballesteros, un personaje como muchos en la vida de El Jojobal y fiestero de corazón, las recordaba así: “¡Ah malhaya!...“Mira, pa’ empezar duraban 6, 8 días, según como cayera el día 24 de junio, y se acababan el día de San Pedro, día muy llovedor, como era antes el 24. “No había mucho dinero, pero todos los días se llenaba el baile. Venía mucha gente de Aconchi, del Ranchito de Huépac, y por supuesto de El Jojobal. Ahora que hay más dinero, la juventud ha cambiado los bailes. Todavía me acuerdo, hubo muchas veces que tu tata, Eleazar de la Torre, sacaba la plaza y yo le hacía de policía, claro con 2 ó 3 ayudantes. Ah, pero mira las condiciones que poníamos: paga, cena ¡y el baile gratis todas las noches!”

-¿Y si había pleito? - “Ah, pues desde el baile Yo les decía a mis ayudantes: cálmenlo o desbarátenlo, y si se ponen pesados me los encierran. Yo los visito más noche…

“Cuando se acababa el baile el placero me dejaba la cantina encargada. De ahí mismo me llevaba un vaso de mezcal y se los daba a los encerrados. Al rato hasta los hacíamos que se volvieran a pelear, y aquello eran unas polvaderas en la cárcel.

“En 1930 yo tenía 15 años y ya iba a los bailes, pero descalzo. Las fiestas eran en la plaza. El baile se hacía debajo de una gran ramada de sáuz; también las fondas y las cantinas, 3 ó 4 de cada una y todas vendían. Puro bacanora se consumía y por trago, de 10 o de a 20 centavos.

“También me tocó correr algunos caballos en las carreras que se hacían casi casi en la calle del pueblo. Y qué decir del gallo enterrado, del juego de argollas, de agarrar la música en el mero día 24 de junio, de dar serenatas después del baile…”

LA PLAZA, LOS PUESTOS, LAS ORQUESTAS…

Un documento del nueve de junio de 1946 constata lo siguiente: “Ante el C. Presidente Municipal, Luis de la Torre, se presentaron los señores Ramón Andrade y Eleazar de la Torre, para contratar la Plaza para las Fiestas de San Juan por 200 pesos, impuesto del Ayuntamiento, más la mitad del impuesto libre de una cantina para el Comité Pro-Capilla. Se autorizan cuatro días de fiesta y las multas son a favor de los placeros hasta cubrir el importe de gastos…”

Personaje característico de estas fiestas fue durante muchos años Pedro, “El Rico”, con la ruleta de la suerte quien se venía desde Arizpe y se instalaba en la plaza con tres ó cuatro días de anticipación. En su juego usaba las figuras de dulce de azúcar como premio, con un “gancho” muy atractivo para que se animaran.

Pedro dejó de ir a las fiestas allá por los años 70’s. Por esos mismos años, también iba a San Felipe “Doña Chona”, una mujer alta y delgada, proveniente de la Estancia de Aconchi, quien se instalaba en un rústico pero ordenado puesto, haciendo las delicias de chicos y grandes con la venta de raspados de hielo con mieles azucaradas y esencias.

Era común en los días de las fiestas de San Juan el inicio de las lluvias, los consecuentes apagones, las salidas rápidas del río y la frustración de no poder pasar, o la satisfacción de quedarse de aquel lado.

La tradición se ha ido, conforme mucha gente también salió de las comunidades en búsqueda de nuevos horizontes. Empezó a perderse conforme algunos pueblos vecinos también organizaron sus fiestas en las mismas fechas: Arizpe, Sinoquipe y Baviácora tuvieron también fiestas de San Juan, aunque luego desaparecieron. El ánimo de organización vino decayendo, ya no era posible contratar a la mejor música de la región como lo fueron por muchos años los Hermanos Ramos de Aconchi, Los Hermanos Othón de Mátape o los Hermanos Preciado de Ures.

Cambió la concepción del festejo, la música, la ropa, el tipo de baile, vaya, hasta el día 24 de junio dejo de ser llovedor por excelencia y también un día en que se dejó de ensillar caballos y pasear a las muchachas.

La decadencia de la tradición fue paulatina. En los últimos años (década de los 80) casi siempre fueron organizadas por la administración municipal en turno y se concretaban a 2 ó 3 días de baile, la cantina, uno o dos puestos de comida y refrescos. Desaparecieron los “amarres” de grandes carreras de caballos, los juegos de argollas y el gallo enterrado, todo un espectáculo de habilidad que culminaba premiándose a los ganadores con dinero y el derecho a “bailar gratis”. La realidad demostraba que era imposible organizar las fiestas con grandes compromisos económicos como el contratar una buena música, y atractivas carreras para “jalar” gente que se quedara posteriormente a los bailes y al consumo.

Han pasado los años, y el 24 de junio pasa cualquier otra fecha, salvo los recuerdos que perduran en la mente de quienes vivieron esta celebración más intensamente. Un intento porque la tradición no muera del todo, es con poca concurrencia, la realización de un baile el fin de semana más cercano a la fecha, así como el intento de miembros de la comunidad religiosa de hacer tradición una procesión, con recorrido, cantos y paseo a San Juan en su día, algo que las comunidades indígenas del sur de Sonora mantienen con mucho fervor.

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