DOÑA LOLA BALLESTEROS, UNA VIDA DE 100 AÑOS

Por: Victor De La Torre
Dolores Ballesteros Quintanar. Foto Marzo 2006
Cortesía Carlos Quintanar

“El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”. G. García Márquez. Cien años de soledad.

¿Qué tanto son cien años?

Un prodigio de la vida, si se viven a plenitud; una eternidad, si se viven en la soledad...

Para Dolores Ballesteros Quintanar, Doña Lola, fueron lo primero.

La mujer nació en San Felipe de Jesús, un “viernes de Dolores”, 14 de abril de 1906.

Eran los días previos al inicio del movimiento minero de Cananea, la huelga marcada como antecedente directo de la Revolución Mexicana, surgido en la cabeza de la región del Río de Sonora.

José María Ballesteros Rodríguez y Carlota Quintanar Quintanar, sus padres. Pula, Poncho, la Mercedes que después vivió en Bacoachi, y José María de corta vida, fueron sus hermanos.

Estudió hasta cuarto grado de primaria. Un año aquí, otro allá, dependiendo en que casa se ubicara la escuela.

Le tocó vivir muy cerca de donde ahora se ubica la plaza pública, en el centro del pueblo, “era casi lo único, lo demás, puro monte”, asegura.

Rápida transcurre su infancia. Del pueblo de pocas casas y habitantes recuerda que ahí, donde ahora viven sus vecinos, “había unas mujeres muy cantadoras, las Altamirano. “Tío Güicho les regalaba el litro de leche, diario, para que le cantaran alguna canción. ¿Qué si quien era Tío Güicho? Pues tu pariente, Tío de tu abuela, se apellidaba Ochoa.

“También me acuerdo de las casas que estaban allá al otro lado del río, en la otra banda, como le decían. Ibamos a una casa a comprar pizarrines para la escuela, los hacía don José Meléndrez, papá de la Socorro.

Transcurría su infancia y también el movimiento armado de Revolución Mexicana. “Apenas paraba oreja y solo escuchaba algunas pláticas pero no me acuerdo de mucho”. Cuando terminó, tenía apenas unos 14 años.

“Lo que si me acuerdo es la quema de santos en las iglesias, cuando la guerra cristera, aquí nos tocó cuando era gobernador interino nuestro paisano Emiliano Corella.

“De muchacha, si iba a los bailes, no me gustaba mucho bailar, pero si me acuerdo de los que a cada rato se hacían de El Jojobal”, eran muy concurridos, no se peliaba la gente. Bailaba el vals Julia”.

La muchacha Dolores atajó pronto su juventud. A los 18 años se casó con Clodomiro Quintanar Ballesteros. Fue una vida para 14 hijos y una cuenta perdida de nietos y tataranietos.

Han pasado 94 años. A insistencia del cronista se logra la entrevista al medio día del domingo 27 de agosto del 2000.

Nada de fotos, ni cámara de video, advierte. Solo la minigrabadora se desliza y se instala atrás de su silla, en algún mueble del “corredor”, ahí donde en tiempo de calor se llenara de catres por las noches para dormir rodeada de algunos de sus hijos y nietos. Ahí donde permanece una ristra de chile, o de ajo, y de donde la vista se recrea con su jardín y huerto lleno de naranjos, duraznos, mandarinas, árboles de sombra y una pequeña siembra de camote. Fue patio y cuna de “conejos”

Doña Lola viene afanosamente de la cocina. Acaba de comer. Sube un escalón se apoya en una silla para caminar. Después de la última caída, ya nada es igual, afirma. “Me afectó la cadera. Pero no quiero aparatos desos para moverme, así puedo todavía.”

Cubre su blanco pelo con su inseparable manto de tela de algodón. Blanca es su cara, corta estatura, inclinada ya por los años. Ojos cafés, mirada penetrante, pero escurridiza, voz firme, gruesa, impactante como trueno.

Toda su descendencia fue blanca, buena estatura. Se decía que su abuelo paterno Jesús Rodríguez era francés.

Empieza, va de una plática a otra, muy rápido es su hablar.¿Qué va a pasar cuando la grabadora termine su cassete por un lado?, pienso.

Evoca una feliz etapa, cuando vivieron por más de 10 años en la milpa. Clodomiro, hombre de trabajo, afanoso, cumplido. Ahí en la milpa, la caña, el chile, el maíz. Todos los años molíamos caña, asegura “Mundo, el Negro, como le día Doña Lola a su hijo, quien rápidamente se ha integrado la plática para reafirmar y revivir y sin querer, corregir y agregar lo que su madre va narrando. También Carlota, la hija de su siempre compañía y atención, primero esta ahí, muy de cerca, comenta, recuerda cuando venían a las escuela desde la milpa al pueblo y traían su lonche. Luego, se aleja, va y vine, no para, no deja de hacer negocio, pero se mantiene en la conversación.

No puede estar ajena a la reunión Mercedes, la pequeña niña grande, inseparable y acomodaticia en la piernas de Doña Lola, la Che. La edad para tenerla encima no importa, tampoco la de su niña grande, como grande su inocencia derivada de su mal congénito, down.

La plática sigue de un lado para otro, la entrevista por momentos es con Mundo. Relata el tema del mineral del lavadero a donde iba a vender huevos que a veces le llegaban quebrados; luego revive los tiempos de cuando Lidia Olivas era su maestra de primaria.Que el tema de cuando los yaquis mataron a Chico Prieto y Chico Luna en la sierra, que las travesías para traer tabaco a Hermosillo que le fueron contadas por Ernesto Ballesteros; que el agua caliente de Aconchi era de su abuelo...en fin, aquí hay material para otra ocasión, una entrevista para el solo, me dije.

Don Clodomiro, marido de Lola sufría de asma bronquial. Hombre nacido en 1900, “iba con el siglo” recuerda. Fue enfermedad de mucho sufrimiento y murió a los 57 años. Con algunos de sus hijos ya grandes, la mujer fue siempre para adelante.

De él siempre tuvo buenos recuerdos, buenas expresiones. Esposo y padre labrador, comprensivo ayudante en todo.

“Y sin embargo sigues,
unida(o)a mi existencia
y si vivo cien años,
cien años pienso en ti

Dolores Ballesteros Quintanar y su hija Concepción. Foto Marzo 2006
Cortesía Carlos Quintanar

En 1996, cuando doña Lola cumplió los 90, hubo fiesta con baile, comida. Regocijo y felicitaciones de hijos, nietos, tataranietos, familia completa. Alegría en el pueblo entero por el significativo aniversario de la mujer más grande de la comunidad, plena de salud y fortaleza.

Doña Lola no salía mucho de su casa. Pocos la veían andar fuera. Antes, solo cuando se casaba alguien iba a misa y felicitaba a los nuevos esposos, luego, se retiraba, nada de quedarse a la convivencia.

A su hijo Rafael, el “Quirri”, le tenía como encomienda cuando venía del otro lado llevarla a El Molinote a visitar al señor del Retiro. También, era su gusto viajar a Bacoachi a visitar a su hermana Mercedes. El paso del tiempo, hizo que esas placenteras salidas se acabaran.

- Oye mamá, no vas a decir ninguna recitación?, grita a lo lejos su hija Carlota.

- No me acuerdo de niuna, si las viera en un libro sí. Por cierto. Me tiraron muchos papeles, recibos y documentos de cuando el agua caliente era de mi suegro. Ahí había carteras, se apuntaba todo de cuantas vacas, cochis y gallinas había, era una bonita granja. Mi suegro la daba trabajo a la gente.

- A ver.. saquen la novena esa que tengo de 1777. Era de mi bisabuela, se llamaba Trinidad Ballesteros. También tengo un escrito del viacrucis, tiene más de 100 años, me lo regaló la nina del chamaquito que se me murió.

Se insiste en que Doña Lola recite algo..

-A ver pues, la de Zaragoza...“El soldado francés valiente y fiero, por la falda subió con arrogancia....

-No. Me hace falta el libro.

Interviene Mundo. -Mi amá tenía un libro muy bonito de historia, a mi me ponía a leerle. Alguien se lo llevó y pues por supuesto que se enojó.

-Ya me acordé de una Carlota, la madrugada.

Doña Lola cambia el rostro adusto. Deja la dureza de los episodios de su vida. Su semblante dibuja una sonrisa, se transforma, como si se transportara a los años de su vida ligada al campo, a la naturaleza.

Empieza sin miramientos y sin ningún titubeo:

 

Casa de Doña Lola en San Felipe.

Esta mañana dejé mi lecho,
muy tempranito y al campo fui,
qué aire tan puro sintió mi pecho
y tantas cosas bonitas vi.

Vino al oriente la rubia aurora,
entre la nubes de leve tull,
con una vista encantadora,
con un vestido blanco y azul.

Me recibieron en son de fiesta,
los pajarillos con su cantar,
con mil rumores de la floresta ,
los arroyuelos al murmurar.

Vi por los valles,
vi por los cerros,
en juguetona revolución
correr las vacas y los becerros,
buscando alegre su nutrición.

Iban los grupos de labradores,
hacia los campos llenos de afán,
con la herramienta de sus labores
con la que ellos ganan su humilde pan.

-“Es la única”- aclaró Doña Lola y dio por terminada la conversación.

Doña Lola anhelaba llegar a los 100 años. A decir de sus hijas Concepción y Carlota, estaba pendiente de todo y de todos.Tenia una gran lucidez en su memoria. Pero ella misma dudaba un poco que pudiera llegar a esa celebración.

Eso se podía apreciar cuando hablaba con su hijo Rafael y sus nietos que le llamaban “del otro lado”. “Haber como estoy pa entonces” se le oía decir cuando por alguna razón le mencionaban el arribo a la edad del centenario.

En el pueblo la gente tenía muy en mente la fecha de tan singular aniversario. Seguramente habrá fiesta se pensaba.

Pero no. Doña Lola sabía que no quería celebración ruidosa. “Solo comida, no quiero música” comentaba y reflejaba la tristeza que le había dejado la partida de tres hijos: Carlos, Clodomiro y su amada Mercedes.

A cambio, adelantaba un agradecimiento a quien tuviera la intención de visitarla y felicitarla cuando llegara el ansiado cumpleaños. Caía justamente en sábado de gloria.

De pronto, de un día a otro, todo cambió.

En la mañana del martes 28 de marzo del 2006, Doña Lola ya no despertó. Se fue al sueño eterno cuando solo le faltaban 17 días para cumplir los 100.

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